miércoles, septiembre 17, 2008

Reencuentro con Juan


No había un solo sitio libre en el bazar; cada rincón, cada mesa, cada pared exhibía piezas tan antiguas como bellas. Yo vagaba entre la gente sin saber exactamente qué buscar; quizá el consumismo en el que estamos inmersos nos empujaba a todos ese día a adquirir algo sin importar lo que fuera.

Me encontraba admirando una pieza de porcelana cuando sentí la necesidad de mirar hacia la sala contigua; una sensación similar a la que percibimos cuando alguien nos mira fijamente. A lo lejos, en medio del salón se encontraba un hermoso busto tamaño natural de un San Juan Bautista. Su sola presencia destacaba como si una luz lo iluminara al tiempo que hacía desaparecer al resto de los objetos.

Hipnotizado fui arrastrado sin apenas darme cuenta hacia él, como si de pronto hubiese encontrado aquello que tanto buscaba aún sin saber exactamente lo que era.

La hermosa cabeza de largos cabellos descansaba sobre unos hombros apenas insinuados por el artista que la había esculpido. Su rostro parecía sonreír de una manera casi burlona, escapando del estereotipo de las obras que representan a los santos como seres torturados por una profunda aflicción, pena y dolor, cuya expresión, si acaso la tienen, es invariablemente una mueca de sufrimiento.

Lo que sucedió entonces paralizó mi corazón e hizo que el tiempo se detuviera. Incluso hoy en día me cuesta trabajo decir a ciencia cierta si pasaron horas o apenas segundos. La mirada del San Juan cobró vida; sus ojos de un intenso brillo se movieron clavándose fijamente en los míos, y en un tono alegre se limitó a decir, simplemente, sin siquiera mover los labios, una frase que aún me estremece cuando la recuerdo: “Yo a ti te conozco”.

lunes, septiembre 15, 2008

El vórtice


La gruta era enorme, en su interior un profundo lago ocupaba la totalidad de su parte central. Una imponente caída de agua sobrecogía por su grandeza.

Todo era inmenso en el lugar: la altura de la cueva, la inconmensurable profundidad del lago, la masa de agua de la cascada. La más grandiosa catedral gótica parecería una modesta ermita junto a ella.

De pronto comencé a sentir que las fuerzas me abandonaban, un extraño mareo me sobrevino mientras mi mente se perdía en un profundo sopor.

¿Qué me pasa? ¿Qué es lo que provoca que me sienta de esta manera?

Y una voz procedente de ninguna parte me respondió: “Ello se debe a que te encuentras en un vórtice”

¡Por Dios! ¿Qué es un vórtice? ¿A qué se refería exactamente la voz? ¿Por qué mis fuerzas se perdían mientras a otros visitantes a la gruta parecía llenarlos de energía? Espero algún día encontrar las respuestas.

La ventana


¿Has salido por una ventana? No siempre resulta una experiencia agradable, sobre todo si conduce a un sitio en el pasado; yo lo hice hace algún tiempo en casa de mi abuela.

Pasé por la ventana dando un pequeño salto hacia la calle. Apenas lo había hecho cuando unas manos desde el interior cerraron los postigos tras de mí. Intenté detenerlas, pero sucedió tan rápido que me fue imposible evitarlo. ¿Acaso no me vieron? Me pregunté intrigado; fue como si de pronto me hubiese vuelto invisible, incluso el ambiente lo percibí un tanto diferente. Sin embargo, me di la vuelta sin darle por el momento la mayor importancia al asunto.

Frente a mí se encontraba, como era de esperarse, la escuela con su bello edificio antiguo, y más allá de ella se veía a un numeroso grupo de estudiantes jugando. Cuál no sería mi sorpresa al descubrir entre ellos a personas que yo bien conocía, sin embargo antes eran adultos y, ahora, ¡eran niños nuevamente! Ni siquiera eran capaces de reconocerme con más de treinta años de diferencia.

Todo era distinto a hoy y tan parecido al ayer, el mundo entero era más joven de lo que fue hasta antes de salir por la ventana.

Desde aquel día tengo mucho más cuidado con las vías de paso que utilizo, pues a veces resulta más fácil salir que regresar.

domingo, septiembre 14, 2008

El Ritual del Agua


El museo era hermoso e inmenso, altas bóvedas y laberínticas salas albergaban en su interior bellísimas piezas pertenecientes a todas las cultura que se han desarrollado sobre la tierra. Sin embargo, y a pesar del continuo fluir de las personas, por un momento me dio la impresión de que todas esas maravillas no estaban en exposición, sino más bien se encontraban almacenadas, como si se tratase de una bodega que resguardara los tesoros del hombre y su creación.

Poco a poco, sin apenas darme cuenta, me encontré perdido del grupo con el que visitaba el lugar, quedando sólo al frente de un grupo de cuatro o cinco jóvenes de entre 7 y 14 años. Jamás había visto anteriormente a alguno de ellos, sin embargo, y por alguna extraña razón que no soy capaz de explicar, nos unía un sentimiento de fraternidad.

De pronto una pieza llamó mi atención de manera especial sobre las demás; un grueso bloque de mármol blanco hermosamente labrado, quizá una pieza funeraria o altar del periodo romano antiguo. Me acerqué para poder observarlo con mayor detalle: un pequeño relieve que representaba de forma extraordinaria la cabeza de una cabra mirando hacia el frente se encontraba en el centro; a ambos lados de ella, así como en su parte superior, se encontraban inscritos extraños caracteres de un lenguaje ya desaparecido hace miles de años.

Terminé de apreciar el hermoso monumento y al girarme para continuar me encontré con una mujer mayor que me dijo: “hace muchos años tu padre vino también a este lugar a hacer el ritual del agua”. No comprendí el significado de sus palabras, por lo que me limité a sonreírle y continuar mi camino.

Entre más caminábamos más nos confundíamos entre los muchos pasillos que conducían de una sala a otra. Tomamos unas angostas escaleras y llegamos a un baño. Miré por las únicas ventanas que había visto hasta ese momento y me sorprendió observar que todas las edificaciones aledañas al museo se encontraban en ruinas, casi a punto de colapsar, ¿cómo podía ubicarse este majestuoso edificio en un lugar así? Misteriosa paradoja sin duda alguna: toda la creación resguardada en medio de la destrucción. Al salir de los baños mis ojos se encontraron con mi imagen reflejada en el espejo que había sobre los lavamanos; no era la primera vez que me veía, ya antes lo había hecho en otros espejos que adornaban las salas, sólo que hasta ese momento tomé conciencia de lo peculiar que resultaba que la imagen siempre era la misma y, sin embargo, diferente.

Nos detuvimos en una zona donde había dispuestas mesas para que los visitantes pudieran tomar un descanso. Me senté y de inmediato apareció un mesero que colocó frente a mí un plato con una sopa extraña, la cual comí sin preocuparme mucho de sus ingredientes. Ahí también se encontraban muchos jóvenes practicando complejos juegos de destreza mental, acertijos que, según comentaban entre ellos, desarrollarían sus habilidades para futuras pruebas. La joven que se encontraba justamente a mi lado terminaba una especie de maqueta que representaba una célula. Sin embargo, no presté mucha atención, algo dentro de mí me decía que esa etapa ya la había superado hace tiempo.

Irrumpieron de pronto dos o tres personas caracterizadas como animales que provocaron las risas de todos los presentes. Aproveché aquel el momento en que mi grupo se encontraba entretenido mirándolas para separarme de ellos por unos instantes.

Subí entonces unas pequeñas escaleras y me encontré con una pareja apenas cubiertos con túnicas blancas. Pero no eran los únicos, más adelante había mucha gente así, en su mayoría hombres mayores de abundantes barbas y batas blancas; en un extremo se encontraba una enorme pila de agua, un gran cubo de piedra rústica lleno de agua cristalina que fluía desde un rosetón también de piedra esculpido a manera de espiral que representaba un ombligo.

Miré a un hombre a lo lejos, y de pronto me sorprendí a mi mismo al gritarle de una manera por demás autoritaria, totalmente ajena a mi forma de ser, lo siguiente: “¡Hey, tú! Dime, ¿Cómo se hace el ritual del agua?” Extraño comportamiento sin duda, como si una voz interior hubiera escapado por mi boca sabiéndose con el derecho de dar órdenes y ser obedecida.

El hombre, cuyo pelo y barba blanca resaltaban en su piel obscura, se acercó y me dijo: “Primero tienes que pintar un círculo blanco entre tus piernas, justo en la parte superior de los muslos. Una vez hecho esto, deberás desnudarte y, al igual que aquel hombre que se encuentra ahora en la pileta, recostarte boca abajo en posición horizontal, con la cintura justo al borde de la fuente y la parte superior del cuerpo sobre el agua, sin tocarla; entonces debes chocar contra la líquida superficie tres veces tu pecho, agradeciendo al agua por todo lo recibido y lo que estás por recibir”.

Vino entonces a mi mente el recuerdo de una vieja canción soñada hace tiempo, misteriosas estrofas que me entonaba un grupo de personas mientras yo permanecía sentado escuchándolas:

“El viejo guardián
que sabe cuidar
las puertas que guardan
la entrada al altar”.

lunes, septiembre 01, 2008

La ciudad sin nombre


Viajando con rumbo desconocido en el mundo onírico, llegué por error a la más maravillosa ciudad jamás fundada, una polis modelo de civilidad, orden y armonía, en pleno centro del país.

Una de las características que más atrajo mi atención fue, sin duda, su moderno sistema de vías de comunicación. Si el Distrito Federal se enorgullece de sus segundos pisos, qué decir de esta maravillosa metrópoli de amplias y hermosas avenidas superpuestas en siete niveles, donde los pisos superiores alcanzan al cielo y sus nubes.

Al preguntar el nombre de este fantástico lugar descubrí con sorpresa que sus habitantes decidieron, desde su fundación milenios atrás, no asignarle ninguna denominación. La razón de tan extraña decisión fue conservarla a buen resguardo de malhechores y truhanes; para el hombre poco evolucionado lo que no se puede nombrar deja de existir ante los ojos, aunque se encuentre justo frente a sus narices.

Tal vez por eso esta ciudad se localiza en el centro del territorio, que es la ubicación del corazón. Todo lo que surge de nuestra mente tiene un nombre que lo designa y un apego que lo destruye.

lunes, febrero 04, 2008

Despedida


Por fin, ya la decisión fue tomada, en unos días partiré dejando atrás seis años de historias, recuerdos y canciones.

Hace tiempo me llegó un correo que hablaba precisamente de eso, de cerrar ciclos, colocarle la palabra FIN a las historias, por muy bellas que estas fueran. Desconozco quién es el autor o autora de las siguientes líneas, si alguien lo sabe no deje de informarme para darle el crédito correspondiente:

"La vida es bella pero nosotros la complicamos todos los días, no nos damos cuenta que debemos cerrar capítulos y ver hacia adelante. Lo importante es poder dejar ir momentos de la vida que se van clausurando.

¿Terminó tu trabajo? ¿Se acabó la relación? ¿Ya no vives más en esa casa? ¿Debes irte de viaje? ¿La amistad se acabó? Puedes pasar mucho tiempo de tu presente “revolcándote” en los “por qué”, en “devolver el casete” y tratar de entender por qué ocurrió tal o cual hecho.

El desgaste va a ser infinito porque en la vida, tú, tus amigos, tus hijos, tus hermanas, todos y todas estamos abocados a ir cerrando capítulos. A pasar la hoja. A terminar con etapas o con momentos de la vida y seguir para adelante. No podemos estar en el presente añorando el pasado. Ni siquiera preguntándonos por qué. Lo que sucedió, hecho está. Y hay que soltar. Hay que desprenderse. No podemos ser niños eternos, ni adolescentes tardíos, ni empleados de empresas inexistentes, ni tener vínculos con quien no quiere estar vinculado a nosotros. ¡No, los hechos pasan y hay que dejarlos ir!

Por eso a veces es tan importante romper fotos, quemar cartas, destruir recuerdos, regalar presentes, cambiar de casa. Papeles por romper, documentos por tirar, libros por vender o regalar. Los cambios externos pueden simbolizar procesos internos de superación. Dejar ir, soltar, desprenderse. En la vida nadie juega con las cartas marcadas y hay que aprender a perder y a ganar.

Hay que dejar ir, hay que pasar la hoja, hay que vivir solo lo que tenemos en el presente. El pasado ya pasó. No esperes que te devuelvan, no esperes que te reconozcan, y no esperes que alguna vez se den cuenta de “quién eres”.

No, suelta. Con el resentimiento, al encender “tu televisor” personal para darte y darle al asunto, lo único que consigues es dañarte mentalmente, envenenarte, amargarte. La vida está para adelante, nunca para atrás. Porque si andas por la vida dejando “puertas abiertas” por si acaso, nunca podrás desprenderte ni vivir lo de hoy con satisfacción. Noviazgos o amistades que no clausuran posibilidades de “regresar” (¿a qué?), necesidad de aclaraciones, palabras que no se dijeron, silencios que lo invadieron. ¡Si puedes enfrentarlo ya y ahora, hazlo!

Si no, déjalo ir, cierra capítulos. Convéncete que no vuelve. Pero no por orgullo ni por soberbia sino porque tú ya no encajas ahí: en ese lugar, en ese corazón, en esa habitación, en esa casa, en ese escritorio, en ese oficio, ya no eres el mismo que se fue hace dos días, hace tres meses, hace un año, por lo tanto ya no hay nada a qué volver.

Cierra la puerta, pasa la hoja, cierra el círculo. Ni tú serás el mismo ni el entorno al que regreses será igual, porque en la vida nada se queda quieto, nada es estático. Es salud mental, amor por ti mismo, desprende lo que ya no está en tu vida. Recuerda que nada ni nadie es indispensable. Ni una persona, ni un lugar, ni un trabajo, porque cuando llegaste a este mundo lo hiciste sin ese adhesivo, por lo tanto es costumbre vivir pegado a él y es un trabajo personal aprender a vivir sin él, sin el adhesivo humano o físico que hoy te duele dejar ir.

Es un proceso de aprender a desprenderse y humanamente se puede lograr porque, te repito, nada ni nadie nos es indispensable. Sólo es costumbre, apego, necesidad. Pero, cierra, clausura, limpia, tira, oxigena, despréndete, sacúdete, suelta.

Hay tantas palabras para significar tu salud mental y cualquiera que sea la que escojas, te ayudará definitivamente a seguir para adelante con tu tranquilidad.

¡Esa es la vida! Comparto esto contigo, nunca está de más recordar que debemos cerrar nuestros círculos pendientes".

miércoles, diciembre 05, 2007

Convención de los heridos de amor


Convención de los heridos de amor (por Paulo Coelho)

Disposiciones generales:

A – Considerando que el dicho de que “en el amor y en la guerra todo vale” es completamente verdadero;

B – Considerando que en lo relativo a la guerra contamos con la Convención de Ginebra, adoptada el 22 de agosto de 1864, que determina cómo debe tratarse a los heridos en el campo de batalla, mientras que hasta hoy no se ha promulgado ningún documento que regule la situación de los heridos de amor, muy superiores en número;

Se decreta que:

Art. 1 – todos los amantes, independientemente de cuál sea su sexo, quedan advertidos de que el amor, además de ser una bendición, también es algo extremadamente peligroso, imprevisible, que puede acarrear serios daños. Por lo tanto, quien tenga la intención de amar, debe ser consciente de que está exponiendo su cuerpo y su alma a heridas de muy diferentes tipos, sin poder culpar por ello a su pareja en ningún momento, puesto que ambos corren el mismo riesgo.

Art. 2 – Una vez alcanzado por una flecha del arco ciego de Cupido, debe solicitarse inmediatamente al arquero que dispare la misma flecha en la dirección opuesta, con el objeto de no sufrir la herida conocida como “amor no correspondido”. En el caso de que Cupido se niegue a hacerlo, la Convención que en estos momentos se promulga exige del herido que de manera inmediata se arranque la flecha del corazón y la tire a la basura. Para llevar esto a buen puerto, debe evitar llamadas telefónicas, mensajes de correo electrónico, envíos de flores (siempre rechazadas), o cualquier otra forma de seducción, pues semejantes medios, si bien pueden dar algún resultado positivo a corto plazo, no resisten el paso del tiempo. La Convención decreta asimismo que el herido debe buscar sin falta la compañía de otras personas, así como debe imponerse al pens! amiento obsesivo que le dice “vale la pena luchar por esta persona”.

Art. 3 – En el caso de que la herida provenga de un tercero, es decir, que el ser amado se sienta atraído por alguien que no estaba a priori en el guión, queda expresamente prohibida la venganza. En este caso, se permite el uso de lágrimas hasta que los ojos se sequen, así como algunos puñetazos en la pared o en la almohada, o reuniones con amigos donde poder insultar a gusto al antiguo(a) compañero(a), incidiendo en su perfecta falta de gusto, pero sin llegar a difamar su honra. La Convención determina que también se aplique en este caso la regla del Art. 2 que mueve a buscar la compañía de otras amistades, sólo que evitando en la medida de lo posible los lugares que la otra persona frecuenta.

Art. 4 – En lesiones leves, clasificadas aquí como pequeñas traiciones, pasiones fulminantes que no duran mucho, o desinterés sexual pasajero, debe aplicarse con generosidad y rapidez el medicamento llamado Perdón. Una vez aplicada tal medicina, no se debe volver atrás bajo ninguna circunstancia, y el asunto debe ser definitivamente olvidado, no utilizándolo jamás como argumento en una discusión o en momento de odio.

Art. 5 – En todas las heridas definitivas, también conocidas como “rupturas”, el único medicamento que tiene algún efecto se llama Tiempo. De nada sirve buscar consuelo en cartomantes (que siempre prometen el regreso del amor perdido), leer libros románticos (que siempre acaban bien), engancharse a una telenovela o cosas por el estilo. Se debe sufrir con intensidad, evitando radicalmente las drogas, los calmantes o las oraciones a los santos. En cuanto al alcohol, sólo serán permitidos dos vasos de vino diarios.

Consideraciones finales: los heridos por el amor, al contrario de los heridos en conflictos armados, no son víctimas ni verdugos. Optaron por algo que forma parte de la vida, y deben asumir, por consiguiente, la agonía y el éxtasis de su elección.
Y los que jamás fueron heridos por el amor, nunca podrán decir: “he vivido”. Porque no vivieron.

sábado, octubre 06, 2007

Carta a un zapatero que compuso mal unos zapatos


A ver qué les parece este cuento de Arreola. Yo lo leí por recomendación de mi amiga Mariana Mendoza y, además de divertirme muchísimo con su lectura, me hizo reflexionar sobre algunos conceptos como el amor al trabajo, la calidad y el compromiso con nuestra profesión. Espero también lo disfruten:

Carta a un zapatero que compuso mal unos zapatos
Juan José Arreola


"Estimable señor:

Como he pagado a usted tranquilamente el dinero que me cobró por reparar mis zapatos, le va a extrañar sin duda la carta que me veo precisado a dirigirle.

En un principio no me di cuenta del desastre ocurrido. Recibí mis zapatos muy contento, augurándoles una larga vida, satisfecho por la economía que acababa de realizar: por unos cuantos pesos, un nuevo par de calzado. (Éstas fueron precisamente sus palabras y puedo repetirlas.)

Pero mi entusiasmo se acabó muy pronto. Llegado a casa examiné detenidamente mis zapatos. Los encontré un poco deformes, un tanto duros y resecos. No quise conceder mayor importancia a esta metamorfosis. Soy razonable. Unos zapatos remontados tienen algo de extraño, ofrecen una nueva fisonomía, casi siempre deprimente.

Aquí es preciso recordar que mis zapatos no se hallaban completamente arruinados. Usted mismo les dedicó frases elogiosas por la calidad de sus materiales y por su perfecta hechura. Hasta puso muy alto su marca de fábrica. Me prometió, en suma, un calzado flamante.

Pues bien: no pude esperar hasta el día siguiente y me descalcé para comprobar sus promesas. Y aquí estoy, con los pies doloridos, dirigiendo a usted una carta, en lugar de transferirle las palabras violentas que suscitaron mis esfuerzos infructuosos.

Mis pies no pudieron entrar en los zapatos. Como los de todas las personas, mis pies están hechos de una materia blanda y sensible. Me encontré ante unos zapatos de hierro. No sé cómo ni con qué artes se las arregló usted para dejar mis zapatos inservibles. Allí están, en un rincón, guiñándome burlonamente con sus puntas torcidas.

Cuando todos mis esfuerzos fallaron, me puse a considerar cuidadosamente el trabajo que usted había realizado. Debo advertir a usted que carezco de toda instrucción en materia de calzado. Lo único que sé es que hay zapatos que me han hecho sufrir, y otros, en cambio, que recuerdo con ternura: así de suaves y flexibles eran.

Los que le di a componer eran unos zapatos admirables que me habían servido fielmente durante muchos meses. Mis pies se hallaban en ellos como pez en el agua. Más que zapatos, parecían ser parte de mi propio cuerpo, una especie de envoltura protectora que daba a mi paso firmeza y seguridad. Su piel era en realidad una piel mía, saludable y resistente. Sólo que daban ya muestras de fatiga. Las suelas sobre todo: unos amplios y profundos adelgazamientos me hicieron ver que los zapatos se iban haciendo extraños a mi persona, que se acababan. Cuando se los llevé a usted, iban ya a dejar ver los calcetines.

También habría que decir algo acerca de los tacones: piso defectuosamente, y los tacones mostraban huellas demasiado claras de este antiguo vicio que no he podido corregir.

Quise, con espíritu ambicioso, prolongar la vida de mis zapatos. Esta ambición no me parece censurable: al contrario, es señal de modestia y entraña una cierta humildad.
En vez de tirar mis zapatos, estuve dispuesto a usarlos durante una segunda época, menos brillante y lujosa que la primera. Además, esta costumbre que tenemos las personas modestas de renovar el calzado es, si no me equivoco, el modus vivendi de las personas como usted.

Debo decir que del examen que practiqué a su trabajo de reparación he sacado muy feas conclusiones. Por ejemplo, la de que usted no ama su oficio. Si usted, dejando aparte todo resentimiento, viene a mi casa y se pone a contemplar mis zapatos, ha de darme toda la razón. Mire usted qué costuras: ni un ciego podía haberlas hecho tan mal. La piel está cortada con inexplicable descuido: los bordes de las suelas son irregulares y ofrecen peligrosas aristas. Con toda seguridad, usted carece de hormas en su taller, pues mis zapatos ofrecen un aspecto indefinible. Recuerde usted, gastados y todo, conservaban ciertas líneas estéticas. Y ahora...

Pero introduzca usted su mano dentro de ellos. Palpará usted una caverna siniestra. El pie tendrá que transformarse en reptil para entrar. Y de pronto un tope; algo así como un quicio de cemento poco antes de llegar a la punta. ¿Es posible? Mis pies, señor zapatero, tienen forma de pies, son como los suyos, si es que acaso usted tiene extremidades humanas.

Pero basta ya. Le decía que usted no le tiene amor a su oficio y es cierto. Es también muy triste para usted y peligroso para sus clientes, que por cierto no tienen dinero para derrochar.

A propósito: no hablo movido por el interés. Soy pobre pero no soy mezquino. Esta carta no intenta abonarse la cantidad que yo le pagué por su obra de destrucción. Nada de eso. Le escribo sencillamente para exhortarle a amar su propio trabajo. Le cuento la tragedia de mis zapatos para infundirle respeto por ese oficio que la vida ha puesto en sus manos; por ese oficio que usted aprendió con alegría en un día de juventud... Perdón; usted es todavía joven. Cuando menos, tiene tiempo para volver a comenzar, si es que ya olvidó cómo se repara un par de calzado.

Nos hacen falta buenos artesanos, que vuelvan a ser los de antes, que no trabajen solamente para obtener el dinero de los clientes, sino para poner en práctica las sagradas leyes del trabajo. Esas leyes que han quedado irremisiblemente burladas en mis zapatos.

Quisiera hablarle del artesano de mi pueblo, que remendó con dedicación y esmero mis zapatos infantiles. Pero esta carta no debe catequizar a usted con ejemplos.

Sólo quiero decirle una cosa: si usted, en vez de irritarse, siente que algo nace en su corazón y llega como un reproche hasta sus manos, venga a mi casa y recoja mis zapatos, intente en ellos una segunda operación, y todas las cosas quedarán en su sitio.

Yo le prometo que si mis pies logran entrar en los zapatos, le escribiré una hermosa carta de gratitud, presentándolo en ella como hombre cumplido y modelo de artesanos.

Soy sinceramente su servidor".

domingo, septiembre 16, 2007

Plataforma


El día inició muy temprano, antes de las 5 de la mañana ya me encontraba mirando de reojo el despertador en espera de la señal del arranque oficial de actividades.

Jamás había usado equipo de seguridad, así que salir al lobby del hotel enfundado en un overol amarillo brillante, botas industriales, casco, guantes y protectores auditivos fue un reto aún más difícil de superar que dar el primer paso en el helicóptero que nos aguardaba en punto de las 9:00 a.m.

El aumento en la potencia de los motores me paralizó por un instante los latidos del corazón, la respiración se detuvo, cada músculo del cuerpo se tensó y una extraña sensación me invadió al abandonar el territorio natural para ascender, lentamente, al de las aves.

Entonces el espacio conocido se transformó en algo nuevo, la isla entera se nos descubrió en toda su magnitud: azoteas, puentes, avenidas, selvas, manglares, playas, gente que poco a poco se va haciendo más y más pequeña, hasta quedar reducida a una multitud de puntos multicolores.

Sin embargo, la altura no fue suficiente para quitarle su grandeza al océano, el gran azul se extendía hasta el horizonte, y hacia él nos dirigimos.

No existe una perspectiva del mar que no me maraville. He tenido la fortuna de verlo desde todos sus ángulos: sentado a la orilla de una playa del Pacífico contemplando el vaivén de olas gigantescas; nadando en el Golfo de México sintiendo la fuerza indomable de sus corrientes; surcándolo a toda velocidad en una lancha tras un pez espada o sumergido en el Caribe descubriendo la belleza de sus arrecifes y bancos de peces; y ahora sobrevolando sus aguas a una distancia que, gracias a la ilusión óptica que produce su inmensidad al lado de nuestra pequeñez, parecía lo suficientemente corta para poder extender mi mano y rozarlas suavemente, dejando con la punta de mis dedos una larga estela de espuma blanca, como lo hacen las gaviotas al iniciar el vuelo. Mar, infinito mar, tú y yo tenemos aún tantas cosas pendientes.

Tras veinte minutos de vuelo entramos en un banco de densas nubes, la visión se perdió por completo y nuevamente se alertaron los sentidos. Entonces surgió el milagro… al superar la blanca barrera apareció ante nuestros ojos un imponente arrecife de metal y fuego, una escena surrealista que abrumaba por su gran belleza. Para el ingenio del hombre no hay imposibles, y construir una ciudad-factoría en medio del océano no es la excepción. Al ver ese complejo de plataformas cuyas estructuras gigantes se sujetan con sus largas raíces tubulares al profundo lecho marino, me hizo sentir orgulloso de pertenecer a la especie humana, ¡Homo sapiens! Si tuviera que musicalizar ese momento creo que elegiría la primera obertura de Swan Lake de Tchaikovsky.

El descenso fue otra experiencia. El reducido espacio destinado al helipuerto parecía insuficiente, como si fuéramos a descender sobre el mar. Por un reflejo inconsciente me llevé la mano al arnés que sujetaba a mi cintura el chaleco salvavidas para asegurarme que se encontraba perfectamente colocado. Al fin se sintió el ligero golpe de la nave al tocar tierra, la respiración se recuperó nuevamente.

Los minutos transcurrieron a partir de entonces a una velocidad vertiginosa, la misma velocidad de los sueños y los descubrimientos. Teníamos poco tiempo y mucho trabajo por hacer antes de abandonar la plataforma, así que tras un breve desayuno nos pusimos en marcha de acuerdo al plan trazado.

La gente “de mar”, como se les refiere en el argot gremial, es admirable. A nuestro paso no recibimos más que muestras de amabilidad y demostraciones de trabajo arduo, entrega y compañerismo. Mi más profundo reconocimiento a su labor y sincero agradecimiento por contribuir con su sudor y sacrificio al desarrollo de nuestro País.

El tiempo del regreso llegó puntual, aunque me pareció que era más pronto de lo que esperaba. Nuevamente nos elevamos para dirigirnos a tierra, invadidos de asombro, admiración y nostalgia. No hubo diálogo durante el trayecto, el sonido de los rotores y los protectores auditivos no lo permitían. Después de un tiempo alcanzamos a ver, en la distancia, la línea de la costa que nos daba la bienvenida con sus siluetas tan familiares. Misión cumplida.

domingo, julio 29, 2007

Citando a Pellicer


Era casi mediodía, el calor de finales de julio se colaba entre las hojas de los árboles mientras una nueva generación de nubes se desprendía de la tierra dando sus primeros pasos hacia el cielo.

Llevaba casi dos horas caminando entre la selva palencana. Subidas y bajadas, pirámides y troncos, saraguatos y turistas, creación humana y naturaleza divina; todo está contenido en Palenque.

Exhausto me senté a descansar un momento a la orilla del camino, al pie de un inmenso árbol que enseguida me cobijó entre los pliegues de sus raíces, me cubrió con sus ramas de los rayos de sol y cantó para mí con la voz de algún maravilloso pájaro que sólo puede escucharse en estos, cada vez menos, santuarios naturales.

Fue entonces que cobraron sentido para mí tantos versos de Carlos Pellicer que hasta ese momento no habían sido sino meras frases dispuestas en rima. Ese tronco fue la piedra roseta que me tradujo las palabras del poeta escritas en el idioma de los sentimientos, fue entender que “Estar árbol a veces, es quedarse mirando (sin dejar de crecer) el agua humanidad y llenarse de pájaros para poder, cantando, reflejar en las ondas quietud y soledad”.